La motricidad humana: ¡No somos máquinas!

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Hemos heredado una motricidad caracterizada por la integración de tareas, por la resolución de problemas y por centrar el pensamiento en lo que ocurre en un entorno incierto. La mayoría de los deportes contemporáneos tratan de canalizar esa motricidad reprimida, con estrategias simbólicas de puntería, conquista, caza individual o colectiva, etc. (Mario di Santo, 2015).

En sentido contrario emerge en los años ochenta la cultura fitness, llevando al campo de la actividad física el enfoque fragmentado dominante. El culturismo y el nutricionismo, cada uno en su ámbito, probablemente sean ejemplos paradigmáticos de la reducción del todo a la suma de las partes.

En el campo de la actividad física, este enfoque fragmentado del cuerpo humano plantea un problema práctico añadido: produce sujetos no autónomos, dependientes del mercado y de toda su gama de dispositivos complejos específicos “que se adaptan perfectamente a tus necesidades”.

En 1956, el filósofo polaco Günther Anders ya alertaba de nuestra propia cosificación al «adoptar los puntos de vista de los productos»:

«Con esta actitud, a saber, la vergüenza de no ser una cosa, el ser humano alcanza una nueva etapa. Intimidado por la superioridad y la potencia de los productos, ha desertado de su bando y se ha pasado al de ellos.

No solamente ha adoptado sus puntos de vista; no sólo ha ajustado sus propios criterios a los de los productos; sino también sus sentimientos: se desprecia a sí mismo como lo despreciarían las cosas si pudieran hacerlo».

Günther Anders, «La obsolescencia del hombre, Volumen I: La vergüenza prometeica», (1956).

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